Backup- Rumbo a Espora con botas y alas
Por la mañana del 16 de agosto partimos con mi hermano menor rumbo a Espora.
Espora es la primera estación del Ferrocarril Belgrano ramal G después de Mercedes, y separado a poco más de mitad de camino por el apeadero La Valerosa. Sus fundadores, Saturnino Unzué y Juan Culleton, la bautizaron con ese nombre en 1903 en honor a Tomás Espora, el primer marino argentino en completar la vuelta al mundo allá por los comienzos del siglo XIX.
El Belgrano G es el ramal de trocha angosta que saliendo del Gran Buenos Aires (Tapiales), pasa por Mercedes y termina su recorrido en Rosario, tres de las ciudades más significativas de mi vida. Quizás sea por eso que rato libre que tengo voy hasta la vía a ver si persiste alguna marca de una pestaña de rueda ferroviaria, o sigo su recorrido con el mapa digital, como si el sólo paso del tiempo lo fuera a cambiar cada tanto.
Hace ya muchos años que no pasa ningún carguero, el último pasó en 1996 y lo fuimos a ver al parque municipal cuando cruzaba el Río Luján. Hoy en día su traza es visitada en parte por zorritas de ex ferroviarios aficionados de la Asociación Amigos del Belgrano que se encargan de mantener la vía en las condiciones suficientes para esos pequeños vehículos.
PARTE I: Caminata.


Partimos con las mochilas caminando por las vías alejándonos de la estación de Mercedes. Íbamos a quedarnos sólo una noche en carpa, pero de todos modos las mochilas iban llenas de abrigo, fueron días de un crudo inverno.
Nos fuimos alejando pasando por detrás de la vieja fábrica Dupont, motivo por el cual mi familia se mudó a Mercedes, e hicimos la primera parada para desabrigarnos en el puente de la fotopostal, ahí aproveché a subirme a los estribos y hacer las mismas morisquetas de siempre.
La primera etapa de la caminata consistió en 15 kilómetros hasta La Valerosa, observando los peludos que cada tanto se asomaban a la vía, la curiosidad infinta de las vacas que interrumpían su pastura para no perderse ni un detalle de nuestro andar y haciendo cuentas mentales a cerca de nuestro avance.
Dentro de las señales que utilizaban los trenes, quedan los restos de algunos postes que indican el kilometraje, uno por uno todos los kilómetros. Resulta que para hacernos más entretenida la caminata, algunos graciosos fueron robando los postes y los carteles, entonces calculábamos con la velocidad que caminábamos cuanto faltaba para el siguiente o si habíamos disminuido el tranco. Los primeros 15km los hicimos como un relojito a 5km/h.
Antes de llegar a la valerosa nos detuvimos en un túnel vegetal que forman los árboles encerrando a las vías. Como es invierno no está muy tupido, pero en verano es realmente un pasadizo verde.


En el apeadero y en compañía de unos perros, almorzamos unos sánguches y calculamos que siendo el mediodía y ya con abrigo pesado, a la noche pasaríamos mucho frío en el descampado. Saludamos al señor que lo habita y lo mantiene, a mi parecer, un poco descuidado y ajustamos las correas de las mochilas en la espalda.

A menor paso caminamos los últimos 5km que son más entretenidos porque el trayecto pega una gran curva dirigiéndose hacia el norte y el paisaje se va moviendo poco a poco.
En el pueblo de Espora está la estación, la escuela y algunas casas. No hay almacenes ni gomerías y habrá a lo sumo 100 personas. La gente puede hacer sus mandados en Carmen de Areco, San Andrés de Giles o Mercedes siempre y cuando el acceso de tierra lo permita.
En la estación vive gente, la mantiene elegante y se encargan de la cuestión de las zorras.

También el casero tiene montado un taller donde repara desde maquinaria agrícola hasta cualquier descompostura de alguna pieza mecánica.
Antes de que baje el sol armamos la carpa y preparamos la cena. Habíamos conseguido un kilo de grasa de cerdo y una lata grande para hacer tortas fritas. Pusimos un poco de sal a un engrudo de agua y harina y mientras se calentaba la grasa en el fuego hervíamos agua en otro recipiente para guardar para la noche y el desayuno. A la mañana siguiente no habría tiempo de encender el fuego.


El resultado de la cocina fueron unas estupendas tortas fritas que llamamos Tyson, quedaron tan duras que eran capaces de rompernos los dientes.
Nos fuimos a dormir temprano pero el frío del descampado siempre tiene la última palabra. Cuando el mercurio apenas asoma en el tubito de vidrio no puedo dormir más de 30 minutos seguidos, momento en que me despierto hecho una bolita en la posición fetal más reducida, puteo recordándome que es una carpa de una estación (verano) y me doy media vuelta buscando otra posición prenatal. Cuando ya no quedan formas de acurrucarme me estiro y dejo que mi cuerpo empiece a temblar. Con eso la temperatura se eleva unos 5 grados y puedo dormir un poco más de media hora, donde nuevamente me levanto con algunos dedos del pie congelados y buscando el termo con agua caliente para prepararme un té. Cuando el agua del termo ya se acabó y si la suerte del día nos permitió llenar la petaca, le doy unos sorbos profundos a la misma con alguna sustancia combustible sintiendo la momentánea percepción de calor. Me logro dormir con esa sensación ardiente hasta que nuevamente a la media hora abro un ojo, el derecho. Miro el reloj esperando que sean las 6 o 7 de la mañana y ya esté pronto a amanecer, pero descuido que ahora los minutos tienen 90 segundos. Recién son las 2:03.
Con las piernas doloridas por la caminata, toda la ropa puesta, la mochila encima y los ojos abiertos me pongo a pensar que es la última noche que tengo para sentir la inmensidad de la naturaleza y ver su cara descubierta hasta el verano siguiente. Que apenas dos noches más tarde estaría durmiendo en una cama con otras 20 familias murmurando en el mismo edificio y pidiéndonos permiso para, aunque sea, soñar cosas diferentes.
Así es como logro conciliar el sueño hasta las 6 de la mañana que nos levantamos para emprender el regreso.

Para el regreso volvemos hasta La Valerosa donde nos alejamos de la vía camino a la escuela 21 en el partido de San Andrés de Giles. Siguiendo el camino, tres kilómetros más adelante estamos frente a la entrada escondida de la represa de Los Espárragos, como recientemente la habíamos bautizado. Al parecer se construyó este reservorio de agua para irrigar una plantación de esta verdura culinaria.

PARTE II: Aire.
Al día siguiente de regresar a Mercedes me encuentro con un amigo del secundario, Federico Bengoechea, quien practica horas de vuelo para obtener la licencia de piloto. Muy gentilmente me invitó a recorrer parte del camino que habíamos hecho caminando, pero por el aire, para vivir la irrealidad de deshacer dos días de caminata y más de 40 km en quince minutos.
Estuvimos en el Aero Club Mercedes ultimando los detalles para el vuelo. El avión es un Piper pa-11 con motor Continental de 65 hp y velocidad crucero de 110m/h.
Antes del anochecer empezó el carreteo por la pista iluminada para despegar cerca del río turbio que corta serpenteante a los campos sedientos agua.

La primera dirección fue hacia la Estancia San Jacinto. Las tierras donde se instaló la suntuosa residencia y sus más de 80 mil hectáreas fueron adjudicadas a Leguizamon en 1830 por la Ley Enfiteusis. Resulta que años antes Bernardino Rivadavia había tenido la gran idea de crear pueblos en la frontera con los indios, crear un Banco, la red de agua de la Ciudad de Buenos Aires y hasta un puerto y se mostró sumamente receptivo al dinero que conformaría el Empréstito Baring Brother, proveniente de Inglaterra. Dos años más tarde, con la oportuna visita del Cónsul Británico W. Parish, Rivadavia es designado Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, nuestro primer presidente. Rivadavia necesitado de recursos decidió promover la agricultura y ganadería, pero como las tierras que formaban la hipoteca del poderoso préstamo no podía venderlas, simplemente aprobó la ley que permitía el asentamiento de productores rurales que pagarían un canon al Estado por el uso de la misma. Si originalmente tuvo la idea de fomentar el uso justo y equitativo de las tierras, pronto quedó reducido al reparto entre los personajes que hoy llenan todos los letreros de las calles de Buenos Aires. De esta forma se empezaban a formar los grandes latifundios en manos de relucientes apellidos que al cabo de poco tiempo dejaron de pagar el canon y consiguieron de la mano de Rosas y otros cómplices de la historia el apoderamiento de esas tierras en la muy fértil pampa húmeda.
Hoy los dueños son otros, el latifundio se dividió y de aquella milonga centenaria queda el nombre de Domingo Leguizamon en el arroyo que atraviesa la estancia, le da forma a su lago artificial y abastece de mojarras al río Luján.

Luego hicimos un giro dejando al desnudo los techos glaseados por una limosna de miel que nos dejó febo antes de partir. Mucho no pudimos acercarnos porque volábamos bajo y ante un desperfecto del motor había que tener tiempo y recorrido para poder regresar a la pista.




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