La India. Parte 2: Nervios de acero.

Hace algo más de 20 años trabajaba en una fábrica de filtros cerca de Tapiales. Me tomaba el 103 en un recorrido serpenteante por barrios y zonas fabriles de las afueras de capital. Viajaba siempre con una Guía T anillada, muy completa. Ya me sabía de memoria el recorrido, pero en esa guía, precursora de Google Maps, estaban señaladas todas las fábricas del conurbano con su nombre. Asociaba el nombre con lo que fabricaban y para las que no conocía, buscaba su razón de ser los fines de semana cuando internet era más barato. A pesar de que estudié ingeniería civil, desde aquellos días estoy vinculado con las fábricas y disfruto como si fuera un atractivo turístico entrar a una de ellas y ver los diferentes procesos.

Esto tal vez justifique mi razón de estar en Raipur, corazón productivo del acero en la India, en un taxi destartalado y mal oliente, yendo de camino a una fundición de acero para ver la fabricación de un componente tan específico en el mundo ferroviario como son los corazones monobloques para aparatos de vía.

En la fábrica me está esperando Arunesh, un indio de Nueva Delhi que se alejó de la gran ciudad para vivir con su familia con mayor tranquilidad. Arunesh es una persona calma y piensa antes de hablar -cosa no tan común en la India- Lo había visto unos días antes en la expo, pero ahora estaba más relajado sin su jefe encima.

Arunesh me llevó a conocer la planta. Era un oasis de prolijidad, limpieza con procedimientos europeos en medio de la India productiva. Esta empresa exporta gran parte de su producción y fue adquirida por una empresa alemana hace un tiempo.

En los ratos libres o caminando entre los galpones de la inmensa planta me hablaba de temas profundos. Casi no conocía de Argentina, ningún indio conoce de nuestro país, salvo en los lugares del este adonde el fútbol y Messi son la llave de entrada a cualquier conversación. Le gustaba hablar de religiones, de porqué en occidente creeríamos en un solo Dios teniendo tantos y siendo todos tan necesarios como es el caso de Shiva, Ganesha y Parvati, sus parejas y sus amigos. Era amable, pero no dejaba de ser indio. Y los indios odian a los extranjeros. Ellos ya son muchos, no quieren más gente que compita por sus trabajos, su comida, sus mujeres. Cada tanto desviaba la conversación y me mencionaba algún tema preocupante.

Cuando le dije que de ahí seguiría camino para Raigarh a visitar una acería, me mencionó que pasaría por una zona adonde hay fundamentalistas de la naturaleza que cada tanto paran autos y ejecutan extranjeros que consideran vienen a llevarse parte de su tierra. Como yo no me enganchaba en la conversación lo dejaba ahí latente y me señalaba la zona adonde podrían estar, marcando justamente que estaba cerca de la ruta por donde pasaría.

Después volvía de esos pensamientos oscuros y era nuevamente una persona amable, agradable. Me llevó a conocer un zoológico, aún existen en la India, y me comentó muchas particularidades de todos los animales y qué significaba para cada uno el horario de la puesta del sol.

Finalmente, de camino de regreso al hotel le comenté que seguiría mi viaje también por Varanasi cuando termine de visitar las fábricas. Me sugirió que me sumerja en esas aguas sagradas y que preste atención si había niños en el río porque seguramente le estaban enseñando a perder el miedo al agua, dejándolos flotar hasta casi ahogarse.

Hicimos buenas migas finalmente. Creo que por eso tuve el honor de plantar un árbol en la fábrica en agradecimiento mutuo por la visita.

Más al norte

La madrugada siguiente con un taxi aún más destartalado y con un chofer que no hablaba una sola palabra de inglés, cuyo teléfono era algo parecido al Nokia 1100, partimos rumbo al norte por una ruta muy transitada.

En esta parte de la India ya no hay nada de orden. Las vacas frenan el tránsito sin inmutarse, no hay señal de guiño para doblar, ni espejos retrovisores, ni prioridades, dos bocinazos y adelante. Los camiones se reparten entre unos viejísimos TATA fileteados y decorados minuciosamente y unos Ashok Leyland algo menos decorados e igualmente llenos de polvo. Transportan cargas mucho más grandes que la carretera misma, haciendo que el resto del tránsito tenga que buscar una alternativa por la banquina.

Intenté dormir, pero era imposible, el auto saltaba constantemente. Fui leyendo algo sobre la fábrica que visitaría por la tarde. Era una ciudad completa de 1 millón de habitantes destinados a la fabricación de acero de todo tipo, incluido rieles.

En la ruta nos pararon varias veces, y como yo era una mascota extraña con ropa limpia, nos hacían bajar, mostrar bolsos y pedían algún billete que mi chofer proporcionaba. Cerca de las escuelas, nos hacían bajar la velocidad y unos niños de ojos saltones nos ofrecían unas semillas dulces que ayudarían al chofer a no quedarse dormido.

Yo estaba sorprendido de cómo el chofer se conocía el camino de memoria, no había gps en el auto, ni mapas. Hicimos unos 350 kilómetros a 60km/h máximo.

A la entrada de la ciudad industrial hubo mucho papelerío y charla en idioma hindi. Finalmente me dejaron en el Guest House de la fábrica, un hermosísimo hotel de los años 50 destinado a los visitantes.

Ni bien entré a mi habitación mi olfato me trasladó al hotel mercedino adonde hacía unas changas cortando el pasto durante la secundaria. Un olor a madera, ladrillo y pared de adobe. Fue sumamente placentero y deseaba que mi olfato no se acostumbre nunca y que siga sintiendo esa agradable fragancia. Me dieron de almorzar un bread omelette, algo riquísimo generado a partir de huevo revuelto, miga de pan y algún condimento a base de curry de la mismísima India.

Como aún tenía dos horas antes de la visita, aproveché para recorrer ese lugar. Vi una pileta tremenda con un techo media sombra hecho de acero. Sala de juegos , salón de baile, gimnasio. Todo herencia de la Rusia industrial mezclado con actualizaciones alemanas.

En la visita a la fábrica estuve con otro indio que me recibió con pocas ganas y fue muy áspero al principio. Pero con el pasar de las horas se fue resquebrajando ese cascarón anti extranjero y la visita fue muy amena. A la noche me llevó a comer con su familia a un restaurante de la fábrica.

A la madrugada del día siguiente el mismo chofer que se quedó durmiendo en el auto y comiendo alguna sobra del restaurante, me llevaría de vuelta para ver otras fábricas, las últimas de este viaje, y las verdaderas de la India profunda.

El cierre

Dos de la mañana me despierta una llamada avisándome que estaba listo el bread omelette que había pedido para el viaje y el chofer estaba afuera esperando. Respiré pausadamente para guardar ese olor en lo profundo de mis pulmones y salimos en una noche cerrada para desandar la ruta a la capital de Chhattisgarh. Ya se empezaba a sentir el Durgá Puyá, se avecinaba la fecha de uno de los festivales más importantes de la India y por la calle se veían cientos de peregrinos haciendo sus ofrendas a los cursos de agua. Adonde había un charco, había un Ghat (escalinatas) y adonde había escalinatas había mujeres lavando ropa y gente haciendo rituales.

El cielo estaba muy tiznado, alejándonos de la fábrica se veían inmensas chimeneas tirando un humo intenso al ambiente. Cientos de camiones hacían cola para salir de las terminales con vigas enormes de acero, tanques cilíndricos, bobinas de hierro y toneladas de palanquillas de todos los tamaños.

Frenamos en una estación a cargar combustible y volvimos para las afueras de Raipur adonde me esperaba una fábrica de insumos ferroviarios para el mercado indio.  

En esa fábrica me sentí incómodo de entrada, el jefe de la planta estaba pasando por algún episodio de asfixia y transpiraba y tosía de una manera extraña. Se tiraba agua en la cabeza y escupía negro. Me llevó otra persona hasta la forja de rieles y se sumó en seguida el jefe de la planta, ya mejor, pero con alguna resaca de ese episodio.

Luego fuimos a otra parte de la planta adonde fabrican la famosa fijación “Pandrol al revés” y fueron mis ojos los que comprendieron lo que le acababa de pasar al jefe. En el ambiente había aceite flotado. Había cientos de puestos de trabajo donde cortaban flejes de acero, calentaban al rojo vivo barras lubricadas con aceite quemado, doblaban y templaban. El piso era aceite resbaloso, tierra y viruta. Las mujeres realizaban las labores más feas, juntaban la viruta de las fresas, trasladaban los pesados manojos de hierro y todo en sandalias. Nadie tenía puesto ningún elemento de protección. Quería salir de ahí.

Había niños también trabajando, ya empezaba a ver manos sin dedos y gente sin manos incluso. Pensaba que sería consecuencia de las condiciones laborales, las prensas y balancines sin protección, pero era aún peor y lo descubriría más adelante en el viaje. Lamentablemente así funciona el sistema, las castas, la vida en la India, la población más grande del mundo. Hace cientos de años que es así y así se mantiene y mis ojos no son quienes para juzgar si eso estaba bien o mal. Sólo que no me gustaba.

En la próxima etapa del viaje voy a conocer la ciudad sagrada que mantiene sus rituales por más dos mil quinientos años, voy a Varanasi.  

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aprilecar

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