La India. Parte 3: Varanasi
El viaje por la India sigue su forma de viaje por la India, con el alma del lado de afuera.
Ya había superado la primera etapa adonde contaba los días para salir de Delhi, donde todo era angustia y llanto. En el centro del país, me hice más fuerte y empecé a ver a través de esas fábricas enormes y ciudades industriales a un país milenario que se vale por sí mismo y poco le importa lo que pasa afuera.
En esta tercera etapa, en la ciudad sagrada, el corazón sale de mi cuerpo. Varanasi hace su embestida contra mis emociones.
El día había comenzado más de 20 horas atrás y había viajado mucho. Por ahorrarme unas rupias había sacado unos vuelos loquísimos con escalas muy extrañas a lo ancho de la India. Finalmente, a las 11 de la noche había aterrizado en Varanasi, Benarés, Casi o la ciudad sagrada. Nunca es bueno llegar de noche a un lugar desconocido, y menos si es sagrado.
El taxista me hizo saber en un inglés muy afectado que no podría llevarme hasta el hotel, porque toda la ciudad estaba cortada por el festival de Durgá Puyá. El mapa también era inentendible desde el teléfono, la zona de mi hotel parecía un hormiguero lleno de canales. El taxista me desalentó a meterme ahí sin conocer porque no llegaría nunca.
Esperé una hora junto con mi chofer. Me puse molesto porque no se iba. Y no se iba porque no tenía otro viaje ni nada que hacer, como mucha gente en la India. Me contó como pudo cómo es el sistema de trabajo de muchos servicios de la India. Al ser tantos, trabaja uno, luego trabajan 250 personas y le toca de nuevo al mismo. Algo parecido había escuchado en el Taj Majal con los fotógrafos. Por eso tienen que asegurarse que el trabajo sea bueno, tal vez no vuelvan a hacer otro viaje en el mismo día.
Al rato vino alguien del hotel a buscarme y nos adentramos por la antigua Varanasi caminando entre vacas y perros callejeros en dirección al río.
Cuando llegué al hotel, era una pocilga hermosa llena de basura, y comida, y oscura. Mi cuarto estaba en la terraza, era parecido al galponcito de las herramientas de jardín que hay en algunas casas en Mercedes. El lugar no era lindo, pero la vista al río más sagrado del mundo era imponente. Saludé a mother Ganga y me desplomé en la cama.
Al ratito me desperté más o menos de esta manera:
Om namah shivaya
Me desperté en la madrugada con unos cánticos espirituales muy cargados,
olor a incienso,
una pelea de monos en el techo de chapa,
un tanque rebalsándose,
calor.
Un grupo de mujeres cepillaba ropa del otro lado de la pared —de chapa y madera—
Un camaleón traslúcido me miraba desconcertado en línea recta desde el foco de mi cuarto.
India tiene el alma al aire,
te mantiene muy sensible todo el tiempo.
Llegué a Varanasi hace una hora y la ciudad no quiere que duerma.
Por la mañana siguiente vino Pintu a buscarme. Varanasi es imposible recorrer sin guía. Pintu me juntó con una pareja de españoles y empezamos a recorrer la ciudad. En poco tiempo nos rebalsó de información, los dioses y los motivos del festival que nunca logré entender qué celebraba, pero en los lugares de oración estaban preparando suculentas comilonas y ofrendas. Había altares altísimos hechos con cañas, figuras con dioses y leones, espadas, luces y cosas doradas con guirnaldas.
Fuimos recorriendo las callejuelas de la antigua ciudad frente al río, Lord Shiva y más templos con figuras realmente tenebrosas.
Se acercaba la hora del almuerzo. Desde aquella comida en el centro de convenciones en Delhi me limitaba a comer varios omelettes en el desayuno, con tostadas y tirar con eso hasta el desayuno siguiente. O comía cerca del hotel por si las moscas. Pero ya había pasado bastante tiempo y me quise dar un gustito. En un puesto de la calle compramos un pan horneado que parecía inofensivo. Muy sabroso, por cierto.
A la tarde fuimos para el lado de los Ghats. Estas escalinatas son la desembocadura de las calles y callejuelas. Hay 84 Ghats porque se considera que el alma tarda 8400 años en reencarnar. En dos de estos Ghats queman cuerpos. En la religión Hindú, la persona fallecida cuyas cenizas son ofrecidas al Ganges no reencarna, pasa al nirvana directamente. Las embarazadas, los muertos por picadura de serpiente y los bebes no tienen que ser cremados, pueden ser ofrecidos directamente a mother Ganga. El río sagrado es uno de los más contaminados del mundo. Mis compañeros de excursión tenían una lente para el teléfono, y analizando el agua vimos un “bicho de cojones”
El indio promedio va una vez en su vida a Varanasi a peregrinar y sumergirse en el agua. Pregunté varias veces cómo había estado la pandemia en India, porque el espacio personal me resultaba en todos lados muy escueto. Muchos decían que no había muerto nadie por tomar esa agua bendita. Otros tiraban números que iban desde 100 mil hasta 35 millones. No se realmente cuanto control hay sobre los individuos. El Estado no está presente para el ciudadano de a pie. A lo sumo le brinda educación básica y algún cuidado. Pero el indio raso tiene que arreglárselas para vivir con poco y eso se ve en los precios muy baratos. En los templos se puede comer algo gratis, de ahí en más, solo contra el mundo.
El paseo por el río no es barato, pero los españoles quieren hacerlo a toda costa. Nos embarcamos en un bote para recorrer desde el agua todos los Ghats y llegar al impresionante puente que construyeron los ingleses aguas arriba de la ciudad.
Alejándonos de la costa el cielo se llena de barriletes. Es algo pintoresco, pero ese juego ya lo conozco. Desde el agua se ven a los cometas competir por el honor de cortar las pipas, como le llamaban en San Pablo a esos cometas tuneados con hilos especiales. Esta historia no es ninguna brincadeira y es algo que presenta peligros y que pasa en algunos países. (más info https://adventurban.com/linha-chilena-ninguna-brincadeira/ )
Ni bien subí al bote empecé a sentir una molestia en el estómago, fueron tres horas andando muy complicadas. Me tomé dos de esas pastillas que me dieron los gallegos, pero no eran efectivas. Odio que en India no podés comer nada o te cagás en la calle. Todo es tentador de probar. El curry sabe rico, el olor y visualmente también. Estábamos en el medio del río. No había lugar para parar porque era la hora de los botes, el atardecer, y la costa estaba repleta de embarcaciones. Pasamos por el Ghat más importante, adonde están las cremaciones y yo me sentía en otra dimensión, transpirando, con frío, con calor. No podía más. Estaba pensando en tirarme al agua y morirme ahí mismo.
Frenamos frente a la ceremonia de los fogones. Todas las embarcaciones disfrutaban ese paisaje con unos mantras de fondo muy cargados. Ya sentía que estaba por vomitar y le dije a Pintu y a los gallegos que hasta ahí había llegado. Salí corriendo de bote en bote tambaleando y ganándome puteadas en más de 10 idiomas. Saltando de madera en madera llegué a la orilla y me escabullí corriendo entre las humaredas del Ghat Dashashwamedh. Corrí desesperado chocándome todo hasta un baño público que había visto antes. En el trayecto le recé a Shiva, Dios de la destrucción. Si se pudría, que se pudra en serio. Ya no me importaba nada más.
Al rato lo escuché a Pintu gritando mi nombre por los pasillos del enorme baño. Se imaginaba donde encontrarme. Había safado, pero alguna tripa la paso fulero. Me preguntó si estaba bien, me regaló un agua y me acompaño hasta el hotel. Sin su guía, no hubiera podido volver en medio de las callejuelas.
Esa noche me pedí una birra y la tomé en la terraza mirando al Ganges. Los monos dormían cerca. Los perros callejeros esperaban algún resto y la luna brillaba sobre el agua. Me desplomé nuevamente.
El día siguiente arrancó muy temprano para ver el amanecer en el Ghat Assi, el primero de la saga, y uno de los 5 adonde hay que bañarse. También pasó algo importante con la diosa Durgá allí. No presté atención a la ceremonia, simplemente me quedé observando el Ganges y ese amanecer alucinante que me regalaba la India milenaria.
Después del amanecer que compartimos con cientos de personas haciendo yoga y artes marciales, recorrimos otros templos del norte de Varanasi, el templo de oro, el bar que apareció en la Lonely Planet, tomamos café en Monalisa (un bar de unos alemanes que estaban de vacaciones y se quedaron para siempre en Varanasi). Había mucha gente por todos lados, el festival de Durgá reunía más gente de lo habitual. En la India en octubre es temporada baja aún para el turismo, todavía hace mucho calor.
Visitamos muchos negocios de tejidos, perfumes, aceites y piedras. Pintu, oriundo de Varanasi y muy piola, conocía bien todos los lugares y adonde convenía ir. En las callejuelas pasaba todo. En la India en general no es fácil tener una vivienda, y mucho menos una grande. Mucha gente tiene una ventana y un espacio de unos 2×1,5 y por eso pasa gran parte del día en la ventana o la calle. Este señor por ejemplo se dedica a surcir mantas de alta calidad tejidas a mano. Lo que se ve atrás es su casa. No tiene teléfono, ni agua y lo que hay en una repisa es la comida que tiene, que si la mirás dos veces te la ofrece.
A la tarde visité los templos del Buda pero no estuve muy atento porque ya venía muy cansado y sacudido de tanto absorber cosas fuertes. Me despedí de Pintu y me pedí un taxi para el aeropuerto.
En el viaje iba pensando en la noche de ayer, en ese momento del barco. Estaba viendo frente a mí una ceremonia que se repetía por miles de años, el clima era perfecto, la música, los mantras y el incienso te trasladaban a otro sitio. A mí me llevó a mercedes, a esas noches que pasaba en el cementerio escuchando los grillos. Estuve muy afectado por el dolor de panza y transpirando sudor frío. Eso me hizo de barrera. Tal vez aún no estaba preparado para dejarme llevar por ese canto de mother Ganges y la cuestión física me mantuvo consciente con mis pies en “la tierra” arriba del bote. Sin duda alguna es un lugar mágico y su ancestralidad está ahí presente.
En la próxima y última parada viajo al este para encontrarme con la otrora capital de la India durante la ocupación británica y luego vuelvo Delhi para cerrar el viaje.










No comments yet.
Add your comment