La India. Parte I: La gesta, el arribo y el llanto.
Sin pensarlo mucho me vine a la India, Bharat en estos días.
Llegué hace cuatro días y aún sigo llorando por las noches. India te sensibiliza mucho.
En esta primera parte, la gesta, el caos y el llanto.
La gesta del viaje combina varios antecedentes.
Mi primer contacto con India fue un libro de Guy Sorman que me compré allá por 2009. Nunca lo leí. Era bastante lector del autor francés por aquellos días, pero luego lo fui dejando antes de leer este. El genio de la india, ese libro con letra chiquita y páginas finitas, quedó guardado en la biblioteca hasta que un año más tarde reflotó en mi recuerdo de la mano de una amiga.
Estefania para mi cumple número 26 en 2010 me regaló un dvd con los 10 videos grabados del BRIC, un documental de Jorge Lanata que le dedica dos capítulos enteros a la India, país que le aporta la letra i al acrónimo. Esos videos los vi muchas veces, a los 10. Los capítulos de China los vi cientos de veces durante aquellos viajes interminables al país de los ojos rasgados, pero los de India me parecían muy lejanos a nuestra cultura. En el documental muestran partes de Nueva Delhi, Varanasi, Bangalore, y van entrevistando a gente de distintas posiciones sociales. Es un amplio pantallazo.
El tercer punto por elegir India me quedó resonando en una visita a una obra ferroviaria en las cercanías de Sorrento, Santa Fe. Ahí había un ingeniero que comentó a la pasada que en la India a los clips “Pandrol e-clip” los usan al revés… No le presté atención, pero me quedó latente en alguna parte cercana de la cabeza.
Finalmente, en febrero de este año (2023) me llegó el ultimátum tantas veces postergado para canjear una buena cantidad de millas, o se vencerían. Estas millas, las vengo acumulando desde 2015, año que, para estrenar mi reciente y tan esforzado título de ingeniero, buscaba sumarme a cuanto viaje pudiera. Las millas eran por Star Alliance y las opciones de canjee muy reducidas.
Haciendo un cocktail con estas cuestiones, tomé confianza, y busqué algún evento ferroviario en Nueva Delhi, me inscribí y ejecuté las millas para un viaje en octubre de 19 días.
Como casi no había puesto plata, me olvidé del tema por largos meses al punto que ya lo iba a dar por perdido. Pero sucedió algo.
Dos semanas antes del 9 de octubre, fecha de salida de mi vuelo a Nueva Delhi, volvía de China en mi noveno viaje a ese país al que la mayoría de las veces había ido por trabajo. Ya conozco un poco el pensamiento, el idioma, la forma de vida, el partido, el capitalismo chino. A tal punto que estoy planteando mi tesis de maestría en un tema sumamente interesante que es la forma en que China invierte en infraestructura en su país y en el resto del mundo. Esto me despertó la curiosidad de cómo será el país vecino, actualmente el más poblado del mundo, la democracia más extensa, los restos de aquella colonia británica, el país con el ferrocarril más numeroso. Y eso me motivó a tramitar urgentemente la visa para la India, temas sanitarios, reservar un hotel para el congreso, armar el carry on y salir con lo puesto.
El viaje
Lunes 9 de octubre, 16:15 hs salimos con mi novia rumbo a Ezeiza en un taxi. No estoy nervioso porque desconozco lo que se viene. Me da seguridad tener unas noches de hotel reservadas y un taxi que me espera en el aeropuerto de Delhi, dentro de dos días.
Llegamos con tiempo y vamos a tomar un café, mi novia me pregunta si estoy nervioso o si necesito algo. Hace muchos años que no viajo completamente solo y hace mucho tiempo también que no hago un viaje de 19 días. Pero creo que me voy a poder acostumbrar.
Pienso en la agenda del viaje, está bastante albina. Son tres días completos en viaje, tres días de la conferencia, tengo previsto ir a visitar una fábrica de corazones para aparatos de vía y tengo un pasaje de Calcuta a Nueva Delhi dos días antes de volverme a Argentina. El resto a completar, y honestamente, odio armar viajes. Eso de mirar de antemano lugares para visitar, lugares para quedarse, cosas para probar, pases que incluyen todo, etc, nunca fue mi fuerte. Pero reconozco que tener algo planificado te facilita mucho las cosas cuando ya el idioma es distinto, la moneda, dificultades de internet, etc.
Voy a hacer la cola para el check in, mucha gente, con mucha valija. Pasa rápido.
Me despido de mi novia.
Entro a la zona de embarque y me quedaban dos llamados para hacer del laburo, uno por el viaje anterior a China y otro para coordinar la visita a la planta de corazones y otras cuestiones. Termino y me queda media hora que la aprovecho para comerme un Big Mac con mucha honra.
En el vuelo me toca ventanilla y comparto fila con una pareja de santafecinos de Nelson y Humbolt en el primer trayecto largo. Escala en San Pablo y segunda cena de camino a Addis Ababa, Etiopía. La pareja está en un grupo de 20 viajeros que van a Kenya y Tanzania a unos safaris. Le cuento de mis expectativas del viaje (la conferencia ferroviaria) y me aseguran que me deberán pagar mucho por lo que implica este viaje. No respondo.
Se hace un silencio y me pongo a pensar. Si la empresa tuviese la necesidad de enviar a alguien a este congreso, y a organizar alguna visita a planta, de veras que no sería nada sencillo.
No dejo pasar el comentario y sigo pensando que en esta iniciativa de conocer países y lugares, siempre me gustó acompañar el viaje con alguna actividad que aporte a mi experiencia profesional y no solamente a mi biografía como viajero.
Me pido un whisky que tomo sin ganas e intento dormir algo, en el avión hace calor y aunque hay muchos asientos libres, mi fila esta completa. Unos días antes secuestraron en Israel a muchos judíos y mucha gente desistió de viajar a último momento.
La escala en Addis Ababa no fue muy agradable. Gente descalza lavándose los pies en el baño, altares, humo incienso, olor y calor. Pero probé uno de los cafés más rico que he tomado. Subí al último tramo del viaje.
Primer día
Llego a Delhi y la piña es gigante.
Pasé migraciones después de discutir un rato largo por temas sanitarios, salí del aeropuerto y no había ningún chofer portando un cartelito con mi nombre. Sin Wifi y sin línea esperé media hora con sueño, calor, tumulto y ganas de ir al baño. Después me acerqué a un indio con cara de chofer y le pregunté si me estaba esperando a mí mostrándole mi nombre. Asintió con la cabeza. (Más tarde sabría del indian nod head, un movimiento que hacen con la cabeza que no significa ni que sí ni no, y te deja un tiempo para que arremetas con seguridad en lo que esperás sea tu respuesta y lo convenzas)
Fui entusiasmado al auto y cuando me acomodé en el asiento trasero me preguntó la dirección, claramente no era el auto que tenía contratado. Pero ya estaba arriba y por 10 dólares me llevó al hotel.
Eran las 11 de la mañana. Todavía tenía entusiasmo.
Un indio con acento inentendible me cobró, me dio dos aguas y me acompañó a la habitación. No era para nada acogedora, tenía una heladera que hacía mucho ruido y el aire emitía más ruido que aire fresco. Me bañé y salí para la calle con el afán de comprar algo para comer.
Busqué la vereda y no existía. Hice dos pasos por la calle conviviendo con muchos tuk tuk, autos, autos estacionados, perros y una manada de monos que se peleaba adelante mío.
En la esquina un basural a cielo abierto en el medio de la ciudad. Unas cuadras más y llego a Conaught Place, el lugar más recomendado para alojamiento de extranjeros.
Me paré en una esquina semaforizada para intentar cruzar. Amagué una vez y retrocedí. El semáforo en rojo era como una manzana en el árbol para las motos de tres ruedas. Segundo intento y bocinazos, retrocedo. Veo un grupo de indios que se manda y cruza esquivando autos y colectivos, no me animo. Se me acerca un indio que hablaba relativamente buen inglés y me invita a cruzar por un túnel. Cruzo, o mejor dicho, cruzamos. Ese indio me siguió por una hora. No entendía si me quería vender algo, si me estaba llevando a un pirunga o simplemente me quería alejar para robarme sin testigos. Era flaquito y su porte no me generaba miedo, sólo desconfianza. En un momento pasamos por la puerta de mi hotel, sin haber comprado nada de comer ni haber visitado nada, más que dos manzanas a la redonda, lo saludo y me meto adentro. Por Dios, ¿qué mierda quería este indio hijo de putas que me estuvo zumbando durante una hora y no me lo pude despegar? Me persiguió dándome consejos de cómo manejarme en Delhi, de no ponerme esa camisa nueva que tenía, me ensenó 5 palabras en hindi, me regaló un mapa, me marcó lugares. ¿Era un indio bueno? Me revisé los bolsillos, la mochila, la ropa, tenía todo. No sé qué quería honestamente.
Llegué exhausto, con hambre, con calor, con sed, con dolor de cintura. Me comí unas galletitas del avión y 4 de la tarde caí muerto, pero no hasta el otro día.
A las 2 de la mañana me desperté. No sabía dónde estaba.
Miré por la ventana y una calle tranquila con mucha niebla (smog) que pasaba espesa a través de las luminarias. Cuando entendí que estaba en viaje me angustié mucho. Me sentía completamente lejos de mi casa, de mi familia, de mis herramientas. Tenía la imagen del indio tratando de enseñarme palabras en hindi infructuosamente. Voy a buscar el teléfono y en Argentina estaban todos a full, a plena hora de la tarde. Se corta la luz, con ello el wifi, salgo al pasillo y oscuridad, un desfile de platos sucios repartidos en cada puerta.
Volví a mi cama, me acosté boca abajo y empecé a llorar.
Me quedaban 17 días.
Segundo día
Las 2 de la mañana fueron el comienzo del día, el jetlag en su esplendor.
Hice tiempo llorando y leyendo hasta las 7 que abría el desayunador. Estaba leyendo un libro sobre la India de un escritor argentino que lo hacía muy entretenido -Juan Sklar-, pero hasta esa parte del libro puteaba a los indios de la misma forma que yo lo estaba haciendo.
A las 7:30 todavía no había aparecido nadie, ni había nada para comer. Me empecé a intranquilizar y mi instinto de conservación me hizo abrir la aplicación de sky scanner. Empecé a buscar vuelos de regreso para Argentina. Para mayor intranquilidad, estamos en el medio de un proceso electoral y los precios están muy desequilibrados. Imposible de pagar.
Comí una tostada y me hice un mate cocido con un agua no bendecida. Pedí un taxi hasta el Pragati Maidan, centro de convenciones donde arrancaba el IREE.
Para comprobar que el turista no es bienvenido en la India, el tachero que se la pasó tocando bocina y manejando alocadamente, me dejó en la puerta trasera del evento, por donde sacan la basura.
Entré llorando, con bronca, con odio a los indios, a mí por estar ahí, por estar solo. Me retorcía los intestinos que no había preparado el viaje decentemente, que no había leído nada sobre los indios, mis amigos que jamás entendieron este viaje.
Me costó una hora llegar al lugar adonde estaba la feria. Es muy grande el lugar, como muchas cosas en la India. En mi mundo ferroviario, en seguida sentí confort y una sensación agradable mientras caminaba entre los stands, charlaba con los técnicos y conocía cosas nuevas. El ferrocarril de la India es inmenso, es el que transporta mayor número de pasajeros por año. Crece y mejora demencialmente a tasas inmanejables para una mente occidental.
Adentro del predio el frío es infernal. Afuera el calor y el smog son agobiantes.
El día pasó normal hasta el almuerzo cuando fuimos a comer con la empresa que me invitaba a conocer la fábrica.
El almuerzo era muy sabroso. No tan picante, pero tenía consistencia. En la India se come con la mano. La mano que vino en el subte, que toco el teléfono, que abrió una puerta, que saludó a otro indio y que fue al baño 5 minutos antes y no se lavó las manos.
Al instante que metí un bocado en la boca sentí un revuelto en la panza. No comí más. Salí del comedor y me fui corriendo al baño. Si bien hay algunos baños con inodoro, estos están más sucios que los baños indios con letrina, así que fui directamente al Indian Toilette. Sentí un alivio muy grande. Pero la panza quedó resentida.
Saludé a los indios de la fábrica y me propuse volver al hotel en subte para conocerlo y caminar un poco.
Caminé mucho hasta que logré salir del centro de convenciones y llegué a la estación.
En todos lados hay mucha gente. Y mucha gente que no está haciendo nada salvo mirar quien pasa y si es extranjero pedirle plata. Todos con las sandalias, todas con el sari.
Esperando el subte me asomé hasta adelante para ver el comienzo del andén, las fijaciones y el aparato de vía. Cuando llega el tren y se abre la puerta me meto en el primer coche. Ni bien crucé la puerta me empezaron a gritar, un coche repleto de mujeres mirándome y puteandome al grito de out, out, women, out. Salí sin entender nada. Se me fue el tren. Luego entendí que los dos primeros vagones son exclusivos para mujeres. Y a lo largo del viaje entendería porqué es tan necesario eso. El lugar de la mujer en la india es deplorable, viven encerradas en sus casas, son golpeadas, violadas y quemadas, y eso cuando no las mataron de bebes.
Comí una hamburguesa de pollo en un KFC y caminé hasta el hotel. 7 de la tarde nuevamente caí fundido.
Tercer día
Me levanté a las 3, había logrado una hora más en esta carrera contra el jet lag. Nunca me había costado tanto. El estado permanente de alerta con el que vivo me impide relajarme, descansar y disfrutar.
La noche similar. Leía algo para no pensar adonde estaba ni cuanto faltaba. Llamé a mi psicóloga, me tranquilizó un poco. Hablé con mi familia, mi novia, mis sobrinos. ¿Qué hago acá? ¿Quién me manda a este lugar de mierda? A cagarme de hambre.
Tuve varios intentos fallidos para sacar el vuelo a Raipur, en el centro de la india, hasta que finalmente pudo hacerlo. A pesar de que razonablemente no era tan alentador el nuevo destino, sabía que tenía fecha de salida de Nueva Delhi, ciudad a la que ya odiaba.
El segundo desayuno fue mejor, el cocinero me trajo un omelette y comí varias tostadas de pan lactal animándome a una mermelada rojiza.
Me fui al centro de convenciones en un tuk tuk compartido. Esas motitos de tres ruedas te llevan a un lugar y pueden levantar gente que vaya en la dirección. Ya tenía el valor del taxi anterior, así que sabía que debía ser algo más barato que eso. Y así fue, y me dejó en la puerta principal.
Presencié unos bailes de la India, recorrí la parte de la feria que aún no había visitado, hablé con otra fábrica para ir a visitar y volví nuevamente en subte, ya más canchero. Esquivé la zona de la plaza adonde están los caza turistas pero siempre alguno te divisa de lejos y viene a charlarte. Me saludaban en tres o cuatro idiomas para ver a cuál respondía. Como primera opción me hablaban en ruso. English, Croatia? Y finalmente los sentenciaba con Argentina, ¿hablas español? No, chau.
Al día siguiente fui en un tour por los fuertes de Delhi y algunos atractivos de la ciudad. El guía me miró todo el tiempo raro. Por algunos lugares quería agarrarme del brazo. Me hablaba de que la homosexualidad está reprimida en India, que iba a casarse el año que viene con una mujer que conocería tres meses antes, y me adentró un poco más en los cuidados que deben tener las mujeres en la India, nada de andar solas, de elegir pareja, de salirse del molde.
Agotado de estar en Delhi me fui a dormir con la valija preparada. Al día siguiente desayuné, dejé muchas cosas de la feria en el hotel al que tal vez volvería en unos 10 días y me tomé el subte al aeropuerto. Me iría para Raipur, en el centro de la India y el corazón productivo del acero.
En una conexión de trenes pasé por una plataforma adonde combinaban trenes de cercanía con el metro y me detuve un momento entre la marabunta de gente. Miré hacia la vía y entre medio de algunas ratas divisé la fijación. Era cierto, en la India usan la Pandrol al revés. El viaje empezaba a tener sentido.





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