¿Coincidencias cíclicas? Travesía hasta Mercedes.

Como si fuera un recordatorio de Google de mis efemérides de un día como hoy a lo largo de los años, el clima otoñal de los primeros días de mayo, la invasión de mosquitos, los achaques en el cuerpo, los ladrones y el puente ferroviario que se acaban de llevar puesto sobre la ruta 41, me abrieron la puerta de los recuerdos de una de mis travesías.

Hace exactamente 10 años, una mañana de primero de mayo, salía caminando con una mochila cargada con 25 kilos sobre unas piernas débiles enflaquecidas durante dos años de inactividad y la ilusión por delante del regreso a las aventuras.

Me estaba yendo a pie por la vía del Belgrano G desde González Catán hasta Mercedes. En aquel tiempo, sin teléfono, sin gps, sin aspirinas y sin off.

Preparativos.

Hace aproximadamente un mes se me ocurrió que los primeros días de mayo serían una buena fecha para irme caminando a Mercedes en una especie agradecimiento por haber aprobado maratónicamente los últimos finales de la carrera. Había un feriado y un feriado puente. Tenía 4 días.

Las opciones que tenía en mente eran Avenida Rivadavia derecho o la vía del Belgrano, ramal G. La primera opción la conocía bastante bien porque era la ruta que usaba para el trayecto Mercedes-Capital en bici. El ramal G llega hasta Rosario y justamente me faltaba recorrerlo desde sus inicios en Parque Patricios hasta Mercedes.

Entonces comenzó a cobrar vida este camino nuevo por la vía.

Unas semanas antes de la expedición, para semana santa, fui con la bici hasta la estación Buenos Aires adonde arranca el Belgrano sur. De ahí salen los trenes que van hasta González Catán y Marinos del crucero general Belgrano. Desde Catán tendría que seguir por la traza, seguramente abandonada, hasta Mercedes.

La estación estaba muy bien, pero la zona no tanto. La vía va siguiendo al Riachuelo pasando por Saenz, Pte Illia, Villa Soldati, Lugano, Tapiales, Villa Madero, Laferrere terminando en González Catán.

Con la bici, empezaba a seguir la vía por la calle y a unos metros de arrancar me frena una señora y me advierte que no siga por ahí que me afanarían. Que vaya por el otro lado. Le hice caso.

Crucé las vías y la fui costeando lo más que pude pasando por la cancha de Huracán, cerca de la de San Lorenzo, el Parque de la Ciudad, Dellepiane. No me había gustado la primera impresión del recorrido, y menos para hacerlo cargado a paso de tortuga con una mochila pesadísima.

Al otro día llené la mochila con 25 botellas de agua y fui caminando hasta la estación Sáenz, y ya que estaba cerca, fui hasta el puente Alsina. Ahí mismo me ofrecieron “base, merca”.

Preparativos. Puente Alsina

Volví rápido. Caminé unos 15 kilómetros y empecé a notar que estoy fuera de estado. Las botas están viejas, la suela se puso muy dura y me hace doler la planta del pie y seguramente me termine sacando ampollas. También me duelen las rodillas de la cantidad de horas que estuve sentado en los últimos meses, la cintura, el cuello. Traté de no pensar en eso y dejar que llegue la fecha.

En el transcurso me compré un calentador a gas, busqué parches de felpa para las ampollas y dolor de pies, compré comida de expedición y armé la mochila probando algunas combinaciones para tener a mano lo más necesario.

Ese miércoles, antes de salir, tendría que dar clases hasta muy tarde.

Ya había decidido que me tomaría el tren hasta Catán y de ahí arrancaría.

Zoom in mochila

Día 1. 1 de mayo.

Me levanté algo más tarde de lo previsto. Terminé de armar la mochila y dejé un esquema de dónde podría estar por si no aparecía el domingo en Mercedes.

Fui caminando hasta la Avenida Las Heras para tomar el 59. Salí pensando que por el feriado no habría mucha gente, pero había bastantes autos y panaderías abiertas.

Fui parado hasta el obelisco y después me senté, pero ya un corto tramo. Recién ahora me percataba que la Estación Buenos Aires está muy cerca de Constitución.

Perdí un tren a Catán. Caminé un poco por el andén viendo que está muy prolija la Estación. Me tomé el siguiente tren media hora más tarde.

Estación Buenos Aires. Parque de los Patricios

Había mucha gente en el tren. Cuando pasé por la estación Villa Madero vi gente corriendo para tomarse el 103, la línea que me llevaba a la fábrica de filtros.

Estación Laferrere y finalmente bajé en González Catán once y media de la mañana.

Sin mirar mucho a los costados para disimular mi condición de extranjero, seguí la vía y me perdí de la multitud rápidamente.

El camino al principio era una trinchera entre el viejo terraplén de la vía y un paredón, con basura, chatarra, bolsas, barro. Del otro lado de la vía se veían inmensas montañas y lagunas del complejo ambiental del CEAMSE. Adelante mío iba una bandita de pibes que traté de no alcanzar, se metieron en una laguna.

Salida de Catán

Complejo CEAMSE

Al poco caminar, la vía empezó a desaparecer. Primero faltaban durmientes, tirafondos, después un pedazo de riel. Después ya no estaban los ladrillos de las alcantarillas y finalmente a duras penas quedaba el terraplén de la vía muy tupido de vegetación.

Estaba muy alerta, la zona visualmente no era muy agradable. Cuando se acercaba una casilla sobre la vía, me iba del otro lado del terraplén. Si no, saludaba con un gesto seguro a quien se asomaba. Había perros delatores por todos lados.

En otra parte iba caminando por el barro y con lagunas a ambos lados del terraplén. Tenía que ir adivinando el camino, tenía unas fotos impresas de Google earth que me ayudaban a orientarme.

Al rato entré en zona de campo abierto, las vías (los rieles en ese caso) aparecieron, pero quedaron sepultadas por la vegetación. El Acacio y los arbustos iban dejando marcas en mis brazos que a esa hora del mediodía iban sólo cubiertos por la remera mangas cortas de las expediciones, que hoy 10 años más tarde sigo teniendo. El arbusto no sé cómo se llama, pero con mis amigos del colegio le decíamos la vela. Tiene un pinche grande en la punta y el tronco es hueco, de una madera liviana. Recordaba que en aquellos años de finales de la primaria, uno de mis amigos, el más aventurero por decirle de alguna forma, armaba unos filtros de algodón bien compactado y con ese tronco se armaba unos cigarros muy dañinos.

Caminos

Tramos de vía con faltantes

Usted está aquí: mapas

Pasé por los estribos de un puente de alguna ruta futura o abandonada, también varias líneas de alta tensión.

Seguí caminando por el barro hasta que en las cercanías del pueblo siguiente se hizo intransitable y seguí por el camino lateral, aún más lleno de barro.

La rodilla al momento ni se había quejado y fue un tramo donde venía cargándola mucho, entre el peso, el barro, las pisadas flojas.

La primera estación del recorrido es 20 de Junio. No había nadie ahí. Me saqué la rodillera de neopreno y me comí un paquete entero de cerealitas con queso sardo. Las vías se veían prolijas para adelante y de una fuente saqué suficiente agua para bajar el atracón que me había dado.

Me cargué la mochila pero como ya se me venían incrustando las manijas en los hombros, puse una lona de tela que de alguna forma ampliaba y acolchonaba el peso. Salí caminando hasta el segundo pueblo.

Primera Estación de la travesía

Hubo una recta muy larga con poco cambio de paisaje.

En la progresiva 45 hay un parador: Km 45. Ahí me pasaron dos zorritas en sentido inverso. Delante mío, también por la vía, iba una pareja caminando con un nene, todos se quejaban de los mosquitos.

kilo 45

El tema mosquitos es un capítulo aparte. Nunca vi algo similar. No puedo quedarme quieto porque se me posan instantáneamente 100 mosquitos en todos lados. Me empiezan a picar traspasando la remera. Zumban a todo volumen, se me meten en la oreja haciendo torbellino de zumbido, en la nariz justo cuando hago grandes bocanadas. Son insoportables. Tengo un off crema vencido que no sirve, comprobado, y por la alta demanda es imposible pagar lo que piden por uno.

De fondo, en el silencio del feriado y con parrillas largando humo, se escuchaba amar azul. Agarré el curvón largo y enseguida llegué a la estación Marcos Paz con lo justo 4 de la tarde. Me tiré un rato y vi que no era buen lugar para dormir. Me acerqué a un loco de manicomio, se asustó y se fue corriendo.

Toqué la puerta en la estación y salió un rofo, como le llamo a los que se adueñaron de las estaciones. No entendía qué hacía yo ahí. No me creía que estuviera a pie. Le pregunté la distancia hasta el siguiente pueblo, Villars, y me dijo cualquier cosa, 30km. Insistía con que me tome un micro.

Medio caliente le dije algo, agarré la mochila y empecé a caminar para el sur. No tenía muy en claro la distancia, pero por lo general las estaciones están a 10-15 km, ya que las primeras locomotoras fueron a vapor y necesitaban repostar agua.

Se me haría de noche. Pero era algo que tenía previsto. No así el cansancio y las ampollas que ya sentía en los dedos.

Saliendo de Marcos Paz nuevamente las casillas donde no miraba o saludaba muy decidido.

Después de una curva empezó a elevarse la traza. Arrancaba un terraplén donde en el fondo se veía un puente que cruzaba alguna ruta.

El cruce fue con algo de miedo, iba pisando durmiente tras durmiente con mis 80 kilos y la carga. Del otro lado había una bandita de 6 pibitos con gomeras. Cuando vi que no se animaban a cruzar entendí que eran más cagones que yo y a la pasada les sonreí.

Salida de Marcos Paz

Puente RP 40

Cruzando arroyos por la vía

Caminé un poco más, abrí los planos y me ilusioné que ya estaba llegando dado que había cruzado la ruta 6 y enseguida venía el pueblo.

Caminé unos 40 minutos y nada. Me crucé a un flaco en bici y me dijo que me faltaban aún 3 kilómetros. Junté energías y seguí caminando. Pasé por un barrio cerrado que aparentaba muy prolijo desde la vía.

Ya de noche, ahora sí, pasé la ruta 6. La anterior había sido la ruta provincial 40 (ex 200). Vi el cartel del oleoducto que va hasta campana y 7:15 de la tarde estaba llegando destruido, con el último aliento y la linterna encendida a la estación Villars.

Llegando a Villars a luz de linterna

Me tiré un rato en el andén mirando un foco que tintineaba.

Elongué y agradecí no haber sentido las rodillas en todo el recorrido. El dedo gordo derecho estaba a la miseria.

Pedí permiso en la estación para armar la carpa y me acomodé en el andén central.

Había mucha cumbia y varios fumones merodeando la zona. Armé el calentador y me cociné la paella lista. Los fumones dicen en voz alta “uhh está cocinado para distribuir”. No señor, con el hambre que tengo.

Terminé de comer y me metí en la carpa a dormitar un poco. Estaba muy dolorido y sabía que no iba a dormir de corrido. Cada vez que me levantaba me comía un pedazo de huevo de pascuas que nos habían dado en la empresa. Me lo terminé en esa velada.

A eso de la 1 me dormí.

Paella

Día 2. 2 de mayo.

Me desperté sin prisa 9 de la mañana. Ya hacía bastante calor. Me emparché los dedos, me vendé los pies y me preparé un té con pepas de membrillo. Acomodé la mochila y me crucé a comprar algo para el camino y sacar algunas fotos.

Mensaje a la comunidad, sobre todo costera a la vía

Villars

Empecé a caminar por la vía y los mosquitos me atacaron. Me obligó a la primera parada técnica adonde me puse el rompevientos, aunque hacía calor.

Este rompevientos venía siendo el suplente en las expediciones, pero entró de titular unos días atrás cuando esperando el colectivo a la vuelta de la facultad me frenaron unos muchachos con mucho frío que necesitaban mi campera intempestivamente. Hijos de buda.

Seguí caminando. El calor, la humedad y los mosquitos se pusieron hostiles. Vi el empalme Villars que sale para Navarro y metí ritmo.

Compañeros del camino

Al ratito se me acerca un flaco en auto y me grita desde la calle si había abierto la tranquera de los chanchos. Como estaba medio alterado, con pocas palabras le dije que venía de Villars y seguí.

Dos horas más tarde desde la calurosa salida empecé a ver un terraplén que sospechaba sería el empalme ramal G y M, en Plomer. El ramal M también va para Tapiales.

Llegué a la estación Plomer, hablé con un pibe que no supo decirme nada sobre el hallazgo del empalme y almorcé un atún con cerealitas. Se empezó a nublar. Dormí 15 minutos de siesta en el andén bajo. Cargué agua en una fuente y pasaron 4 bicifantásticos.

Retomé la caminata con destino La Choza, próxima parada. Muy pronto de salir tuve que hacer otra parada técnica para emparchar el dedo gordo del pie derecho, y noté que tengo una ampolla muy grande. Las botas Salomon, que alguna vez caminaron por el Aconcagua, por el sur y por la selva misionera, ya perdieron la impermeabilidad y con el rocío que entra se me empapan las medias, la venda y todo el pie.

Pasé por un puente adonde había gente haciendo fuego y desde ese claro se vio el curvón del empalme que en algún momento salía para Carhué, cerquita de Epecuén. Las vías levantadas.

El camino se puso choto. Había una huellita muy finita y profunda de animales que me impedía caminar parejo. Se encapotó el cielo. Caminando, caminando, contando postes, viendo alambrados y escuchando teros llegué a La Choza.

Para mi sorpresa no había estación, sólo un cartel. En el almacén del pueblo me dijeron que no seguía la estación La Verde, como suponía, sino San Eladio y debía cruzar antes de llegar la ruta 47 Lujan-Navarro (alguna vez recorrida en bici escuchando en modo replay eterno del disco Otras Canciones de Ataque 77 )

Me tomé una Fanta en el mercadito y salí caminando por un caminito muy prolijo mantenido por caballos y ovejas que pastaban en la vía.

No quería parar más, los mosquitos me arruinaban en cada parada. El camino se puso muy tupido, pero aún transitable. A las 6:30 pm, con la última luz de febo divisé una antena y tras cruzar la ruta me comí un alfajor tri SHOT qué vendían en La Choza.

Los pies ya me duelen en todos lados. Todos los dedos, los arcos, las ampollas y atrás de los tobillos. Las botas las siento más duras que nunca.

Mentalmente y con lo que me quedaba del cuerpo llegué cerca de las 7 a una estación y un galpón: San Eladio

Allí me recibió un casero que me dejó armar la carpa en cualquier lado. Descansé un poco y cociné lo que quedaba de la paella con fideos.

Cena en San Eladio

Mañana me quedan hacer unos 36km. Voy a tratar de levantarme temprano y meter una caminata directa, si llego mejor, me quedará un día para recuperarme antes de volver a capital. Si no, llegaré el domingo.

Para ir más ligero voy a tener que reducir peso de agua.

Día 3. 3 de mayo. Sábado.

Me levanté 4am con un gallo que estaba totalmente sacado. El sol ni miras de salir, pero seguía cantando a pleno. No me hice mucho problema y me di vuelta para seguir durmiendo, pero al ratito toqué la carpa y vi que estaba mojada y más baja. El techo estaba más bajo. A la noche algo hizo que se rompiera una varilla. Tal vez fue el piedrazo que sentí la primera noche en Villars y ahora se terminaba de romper.

A las 7:15 me levanté finalmente. Como todas las mañanas en la carpa, costó salir de la bolsa.

Me vendé nuevamente los dedos, los pies, la rodillera, los parches y salí a preparar el desayuno. Noté que al calentador le quedaba poco gas. El cielo está negro amenazando lluvia y la carpa rota. Tendría que llegar a Mercedes como sea.

Se me acercó el cuidador de la estación a charlar, temprano para la charla amigo… Me contó que vive desde el 81 ahí. Que antes mandaba pollos con el tren a capital.

Acomodé las cosas y vacié la botella de litro y medio. De a poco se va poniendo menos pesada la mochila.

Le regalé dos titas a la nenita de la estación y arranqué a caminar.

Las botas me están haciendo sufrir. El problema a la mañana está en caminar por lugares con pastos altos con mucho rocío. En seguida se moja toda la bota y se me empapa el pie. Hasta que se lubrican las ampollas y entro en calor es muy duro arrancar. Reconozco igual que, para variar, podría haber previsto varias cosas. Unas buenas medias gruesas sintéticas por ejemplo en vez de estas finitas agujereadas, un impermeabilizante para las botas, unas polainas improvisadas no sólo para el agua sino para los bichos y pinches, etc, etc.  

Salí de San Eladio a las 9.

Tenía 9km hasta el próximo pueblo, pero con menos peso fue pasando rápido. Nada por ningún lado. Algún que otro puente, alcantarilla y las vacas curiosas de siempre.

En un momento los pastos taparon el camino y fui por el costado. Esta mañana no me había puesto la rodillera y caminar por el pasto alto es mucho más exigente para la rodilla ya que a veces se anudan a la bota y te ponen la traba. No tenía ni una aspirina para tomar si me llegaba a empezar a molestar.

Llegué a La Verde como descendiendo de una alfombra mágica, pero en vez de finos hilados indios de cachemire, ésta era de mosquitos voraces, asesinos y suicidas. Fui donde estaba el almacén y me atendió un flaco rarísimo que había vivido en Palermo y terminó ahí medio refugiado. Me dijo que la vía seguía igual de mal y arranqué a caminar por la ruta. Caminé 7 km por el asfalto de la ruta provincial 42.

Me cruzó una camioneta con galgos que ofreció llevarme. Seguí caminando viendo desde lejos la cantidad de autos que entraba a comer a Tomás Jofré. Paré en la estación, el apeadero. Comí galletas con atún y el queso del jueves ya con sabor intenso.

Tomás Jofré

Escuché un ruido a metal y era la zorra “La Mercedina” que paró seguramente a buscar comida. Me acerqué y había una mujer sin una pierna, por eso la silla de ruedas que llevaban atrás.

Le pregunté por la distancia a Mercedes pero no sabía. Fui avanzando por la vía limpia, transitable. Me preguntaba porqué a nadie le interesa saber a qué distancia se encuentra el lugar a donde van, o qué pueblo tienen cerca o la ruta por donde viajan.

Crucé dos arroyos y pasando Colonia Zumerland escuché la zorra.

Me hice a un lado y cuando pasó me gritan “Mercedes”. Bingo! No iba a perderme esa experiencia. Me hicieron lugar y cargué la mochila arriba del motor (rescatado de un ami 8). Empecé a sacar fotos, filmar, mirar para todos lados con el traqueteo de la zorrita en las vías.

El que venía al lado mío resultó ser ingeniero civil que labura en costos viales. Similar a mi trabajo en ese momento. Le comenté de mi trabajo y al final, cuando nos despedimos me ofreció venir a una entrevista.

Cruzamos la ruta 5 con un descarrilo en la colectora. La repavimentación se llevó por delante la vía y la tapó. Agarramos la clotoide anterior al puente del Ferrocarril Sarmiento y San Martín. Justó oímos venir un tren y frenamos para verlo desde arriba. Se apagó el motor, así que empujamos. También filmé las botas pasar colgando por el puente. Debería jubilarlas.

Con la zorra aproximándonos al puente del FFCC Sarmiento y San Martín

Me mostraron la parte que habían limpiado a la mañana a puro machete. El terraplén para el puente de la ruta 41 lo estaban reconstituyendo plantando cañas de Castilla. Cruzamos el puentecito y pasamos por el fondo de los caserones de la 40.

Después de varios cruces de calle al borde del descarrilo llegamos a la estación Mercedes donde charlamos un rato. Costó explicarles que era casi ingeniero, que me gustaba la mochila y caminar por esas vías abandonadas y que escribía cuentos. Le regalé uno del 2B.

Me di una buena ducha y me tomé el tren para volver a Capital.

Tren turístico a Tomás Jofré 2023

Puente sobre ruta 41

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Terraplén sin puente mayo 2024

Replay

Hoy es mediados de mayo del 2024, a 10 hermosos años de aquella travesía.

Acabo de ver en YouTube que un camión se llevó puesto el puente de la ruta 41 y en seguida recordé cuando lo cruzamos con la zorrita. Hasta que no lo vuelvan a poner no podrán pasar más zorritas, ni más trenes a Tomás Jofré ni más aventureros con su mochila.

Los mosquitos este otoño también están al acecho.

También me volvieron a robar hace poquito. Estoy aprendiendo a convivir con los choreos.

Todos estos bretes me hicieron frenar un poco. Me senté en la compu, me hice un café, puse música de La India y escribiendo esto pienso a la distancia que todo lo que le siguió a esa travesía fue realmente memorable para mi biografía.

¿Coincidencias?

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aprilecar

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