Un día en Mercedes: el viaje al origen.
Buscando dejar atrás el encierro de aquel invierno pandémico un buen día agarramos el auto con mi hermano rumbo a Mercedes para recorrer algunos lugares que visitábamos frecuentemente entre los 10 y los 14 años. ¿Seguirán estando?
Si bien no había tenido que vivir mucho tiempo encerrado gracias a que por mi trabajo ferroviario salía bastante seguido, ya estaba muy cansado del barbijo, el alcohol, los saludos distantes, la gente cubierta y los mostradores blindados. Respetaba la decisión de muchos de mantenerse aislados y no querer acercarse a nadie y tampoco quería andar dando muchas explicaciones en lugares públicos altamente controlados, entonces pensé que visitar estos rincones sería una buena idea en ese momento.
Mochila al hombro, cámara y agua oxigenada, nos embarcamos en la aventura de hacer 100 kilómetros en un auto particular y visitar estos lugares.
Ni bien llegamos a Mercedes, le comenté a mi hermano el recorrido que tenía pensado.
Los túneles de la Ruta 41.
El primer spot de nuestra lista es un lugar escondido que pocos mercedinos conocemos: los túneles bajo el puente de la Ruta 41 y las vías del ferrocarril San Martín.
Ese lugar lo descubrimos con un amigo hace unos 25 años cuando estábamos realmente al pedo paseando en bici por toda la ciudad. Ahí vimos un hilo de agua paralelo a la ruta justo antes de la escuela agrotécnica. Curiosos de este arroyito artificial empezamos a seguir el curso para ver de dónde venía y desandando su recorrido, llegamos hasta abajo del puente donde estaban imponentes las bocas del túnel desembocando en una laguna. Sentimos que habíamos descubierto algo.
Adentro del túnel estaba oscuro y había una atmosfera húmeda generada por un caño maestro pinchado desde donde brotaba el agua. Ese primer día caminamos por los pasadizos explorando cada rincón. Nos quedamos un buen rato hasta que empezamos a sentirnos mal, el aire pesado seguramente nos estaba intoxicando. Por suerte salimos rápido y el malestar pasó enseguida.
No pasaron muchos días hasta percatarnos de que el caudal había dejado de existir por lo que volvimos al túnel a constatar que efectivamente habían arreglado la pérdida y a partir de ahí ese lugar se convirtió en nuestro búnker. Íbamos al menos una vez a la semana, llevábamos a amigos nuevos y escondíamos botellas de licor entre las imperfecciones del hormigón. Nos sentábamos en las vías a esperar que se hiciera de noche para ver pasar los trenes rápidos y los cargueros iluminando la oscuridad.
Desde aquellos años no pisaba este lugar. Aunque el entorno está un poco cambiado y descuidado, los dos túneles siguen ahí, intactos. Volvimos a bajar trepando desde las vías con la cámara en mano para sacar algunas fotos. Caminamos todo el túnel saliendo por el otro lado, donde para no perder la costumbre, me enredé el pie en un alambre de púas y aterricé directo sobre unas espinas de acacio blanco. Por suerte tenía la petaquita de agua oxigenada que ya es parte obligatoria de la mochila aventurera.
Como frutillita del postre, al salir vimos la luz de una locomotora acercándose desde lo lejos. Nos quedamos ahí abajo expectantes. Para mi hermano era la primera vez que veía una formación de carga desde una alcantarilla; para mí, fue un viaje al pasado a revivir la adrenalina de la adolescencia.


El cañero de la 53.
Después de las vivencias y raspones del túnel, nuestro siguiente destino fue la desembocadura de los desagües pluviales en la calle 16 y 53 que reciben gran parte del agua de la ciudad. Ahí llegan unas tuberías de gran tamaño que, en teoría, recolectan solo agua de lluvia que viene por debajo de la calle 16. Estos conductos llegan hasta un zanjón y, a partir de ese punto, el agua corre a cielo abierto hasta el Río Luján. De hecho, así fue como lo descubrimos años atrás: veníamos remando en canoa por el río, vimos esta corriente, y seguimos el rastro hasta encontrarlos.
Por aquel entonces, cuando llegamos a los caños salía apenas un hilo de agua. Para adentro se ponía oscuro muy rápido, pero ese no era un problema porque teníamos las linternas de las bicis a mano. Había un olor bastante feo, pero mi amigo tiró el razonamiento perfecto que necesitábamos para animarnos a entrar. “Che, estos caños son de agua de lluvia, no nos va a pasar lo mismo que en los túneles que tenían agua servida”. Ambos sabíamos que era mentira. Así que yo hice mi gran aporte científico: propuse que nos sacáramos una media cada uno y respiráramos ahí adentro por las dudas.
Habremos caminado unos 200 metros bajo tierra hasta que ya nos empezaron a llorar los ojos. No sé si por el ácido de los caños o el de nuestras propias medias. Esperábamos encontrar pronto unas chimeneas o respiraderos por donde entra el agua de la calle, pero en ese tramo no vimos nada. Por suerte, algún resto de instinto de conservación nos hizo salir rápidamente de ahí.
Hoy, ya siendo una persona adulta, madura y profesional, volví a ese lugar acompañado por mi hermano. Esta vez la cordura ganó, solo nos metimos unos metros para sacar una foto y revivir aquellas épocas de pura inconsciencia.
Alcantarilla del Belgrano G.
El siguiente punto de la ruta fue otra alcantarilla. Nobleza obliga, tengo que presentarla como la más linda de toda la ciudad de Mercedes, incluso hasta el día de hoy. Esa maravilla de la arquitectura ferroviaria se encuentra oculta en el terraplén del ferrocarril Belgrano, justo donde trepa para cruzar la Ruta 41.
En aquellos años de la adolescencia, el paisaje era muy distinto: había una laguna y, si venías por la calle de tierra que va hacia Gowland, la veías con solo girar la cabeza hacia la derecha. Hoy en día hay un matorral espeso de arbustos que la tapa por completo.
Aquella primera vez, tras haberla localizado desde lejos, fuimos caminando por las vías y bajamos el terraplén hasta encontrarla. Veintilargos años después, estábamos repitiendo la misma secuencia con mi hermano, con la diferencia de que esta vez no tuvimos que dejar las bicis escondidas entre las cañas.
La alcantarilla es de ladrillo macizo y tiene un diseño abovedado con características francesas, la firma estética de gran parte de este ramal del Belgrano. Nos divertimos un buen rato cruzando de un lado al otro ayudándonos con unas cañas y haciendo equilibrio para no meter los pies en el agua.
Puente del Belgrano sobre el Río Luján.
El primer spot de la tarde fue el puente ferroviario que está en el fondo del parque municipal. Este lugar es accesible para cualquiera que vaya a caminar por el parque. Aunque cruzarlo a pie es algo relativamente sencillo, muy pocos se animan a hacerlo por las vigas laterales.
En aquella época nos parábamos uno en cada viga y lo cruzábamos con la certeza de que alguno de los dos iba a terminar en el agua (en el mejor de los casos). Pero en esa era pre-teléfonos, donde no teníamos cámaras y no existían las selfies, la concentración que teníamos era monstruosa.
Hoy, en esta vuelta, solo me acerqué hasta el lateral de la viga para la foto y el simple hecho de mirar el agua me dio vértigo.
El puente ferroviario sobre el Río Luján.
El siguiente lugar está camino a San Jacinto, yendo por la 10 al fondo. De pasada hicimos una parada técnica en la última panadería con horno a leña de la zona. A mí me encantan esas facturas bien de barrio, con mucha masa y abundante crema pastelera cocinada.
Cruzando el puente del Río Luján hay una bajada ideal para dejar el auto y arrancar la caminata por la orilla hasta llegar a la imponente estructura ferroviaria del Ferrocarril San Martín. En estas dos décadas la vía doble dejó de existir y solamente queda una, la ascendente.
Caminamos un poco por el puente y nos sentamos. La estructura tiene varios tramos de tablero cerrado con piedra adentro. Como hay un tablero por cada vía, en el medio quedan unos huecos que, durante mucho tiempo, fueron lugares mágicos para nosotros. En una época se nos había dado por ir ahí cada vez que salíamos antes del colegio, o ni bien terminábamos de almorzar. También íbamos los fines de semana y hacíamos unas hamburguesas en esos recovecos quemando maderas y bosta de caballo. Recuerdo muchas charlas de cosas extramundanas, sobre todo cuando nos agarraba la noche y veíamos ese paraguas infinito de estrellas sobre nuestras cabezas. Estábamos en una obra hecha por el hombre, como todas las de este recorrido, pero la inmensidad del cielo la borraba del paisaje y nos hacía sentir parte de la naturaleza. Cada tanto también enganchábamos el paso de algún tren que nos bajaba a tierra y era muy divertido. Yo de más grande seguí yendo a ese lugar, pero solo, como cierre de mis recorridos por el cementerio.
El día estaba fresco. En pleno silencio de la cuarentena empezamos a sentir a una locomotora calentando motores a lo lejos. Nos quedamos esperando un rato. Tuvimos la enorme fortuna de ver cómo aparecía esa luz potente desde Mercedes. Escuchamos el temblor del puente, nos acovachamos entre las vigas y vimos pasar un carguero a solo unos pocos centímetros de nosotros.
Puente Plateado.
Después volvimos al Belgrano. Trepamos nuevamente el terraplén desde la ruta y nos fuimos caminando por la vía hasta llegar al famoso Puente Plateado. Este lugar es un nodo ferroviario impresionante, es el punto donde este ramal cruza las vías del San Martín y del Sarmiento.
Este puente también fue durante mucho tiempo el lugar por excelencia para ir a trepar, pedalear, colgarnos, ver pasar los trenes desde arriba y rayar las chapas escribiendo grafitis con piedras de la vía.
Por aquellos días de la adolescencia no sabía nada de estática. Me llamaba mucho la atención ver que el puente tenía unos rodillos abajo. Años más tarde, después de cursar Estabilidad 1, entendí por qué los puentes necesitan este grado de libertad para moverse sin generar tensiones que los destruyan.
Aunque la acción siempre estuvo presente en este puente, esta vez la aventura fue mucho más tranquila, solo caminamos por la vía esperando un rato para ver pasar un tren desde las alturas.
Señal de la 31.
Finalmente, yendo a pie por la vía, hicimos la última parada en el escondite de altura por excelencia. Antes de entrar al cuadro de estación de la Ciudad de Mercedes, a la altura de la calle 31, todavía quedan los restos de una vieja señal ferroviaria.
Por aquellos tiempos, la estructura estaba bien arriostrada y seguramente yo pesaba la mitad. Llegábamos a subirnos hasta tres jóvenes atléticos por esa escalerita fina de metal. Nos quedábamos ahí arriba un rato largo balanceando las piernas y esperando ver pasar a alguien . . . aunque por la zona nunca caminaba mucha gente. Generalmente ahí arriba planeábamos todos los lugares que visitaríamos los días siguientes, a quien invitaríamos y qué llevaríamos.
Hoy la señal ya perdió los tensores de alambre que la sostenían firmemente al suelo, así que no me animé a subir. Pero mi hermano sí, aunque tambaleó lo suficiente para bajar rápido.
Finalmente fuimos a la casa de mis padres que sin dudas fue el spot más loco que habité durante todos esos años. Ahí nos esperaban para hacer una merienda afectuosa lejos de las distancias y protocolos del momento.
Si bien pasaron casi 30 años de estar en todos estos lugares, el recuerdo volvió de golpe, vívido, intacto y completo. Hoy seguramente existan otros entretenimientos y los jóvenes tengan otros cuidados al salir a la calle, y no tengo nada en contra de eso. Pero cuando me preguntan por algo divertido para hacer, mi cabeza viaja enseguida hacia estos rincones. Al aire libre, con los dedos congelados en invierno y la remera transpirada en el verano.
Para todos los que disfrutamos el aire libre, la naturaleza extrema, cada uno desde su geografía, la aventura nunca termina. Hoy miro al cielo como en todos esos lugares y estás ahí arrancando una nueva exploración.
En memoria de Chris Ebeling.










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